No me gusta hacer sentir mal a la gente, porque con ello yo también me siento mal. Me siento una mala persona que hace daño a los demás.
Pero… ¿y si el daño que te han hecho ellos es tanto que no puedes evitar enfadarte? Porque no es justo que se tenga que perdonar todo y ya. No es justo para mí. No puedo. No puedo olvidar y hacer como si no hubiera pasado nada. No puedo poner una sonrisa y hacer que todo vuelva a ser como antes. No puedo.
Porque por dentro me duele. Me duele mucho. Y siento que tengo todo el derecho del mundo a enfadarme cuando me hacen daño. Ya sea intencionadamente o no.
Porque es muy fácil decir: “No fue adrede, se nos escapó de las manos.” ¿Y eso quiere decir que automáticamente hay que perdonarlo? Lo dudo. Porque el daño está hecho.
También sé que a cualquiera le puede pasar, cualquiera se confunde, y eso se tiene en cuenta. Obviamente hay cosas que hechas adrede son imperdonables, y si han sido un patinazo igual cabe reconsiderarlo algún día. Pero no se puede pretender que ya todo vuelva a estar bien al momento. No es posible. No puedo.
A lo mejor algún día, pero no hoy…
¿Y entonces que hago? Pues pongo una sonrisa. Pongo mi mejor sonrisa y pienso en otras cosas. Canto. Intento no hundirme. Busco la compañía de mis amigos. Y por momentos parece que estoy perfectamente. Que todo va bien.
Pero por dentro… eso ya es otra historia. Puede que los demás piensen: “Mírala, está bien, no estará tan afectada.” Pues se equivocan. Se equivocan mucho.
Y para sacarlo escribo. Escribo y me desahogo. Escribo y me hace bien.
Escribo y pienso: todo mejorará.
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