Creo
que ya lo entiendo, sólo soy una estación en sus vidas.
Llegan
hasta mí buscando algo.
Ayuda para salir de su pozo, distracción para olvidar
las piedras del camino, alegría para poder enfrentarse con ganas renovadas a lo
que les queda por delante.
Pero
una vez les he dado cuanto pueden necesitar, se ven preparados y ansiosos por
seguir su camino.
Sin mí,
por supuesto.
Mi
lugar está sólo en esa estación. Inamovible, perecedero, fijo.
Después
se van sin mirar atrás, felices por haber sido ayudados. Recuperados, fuertes y
con ánimo.
Pero
toman el tren de no retorno, y entonces sé que no volveré a verlos más.
No así,
nunca tan cerca, tan en confianza, tan míos.
Prácticamente
vivo por y para esas paradas. Es entonces cuando entrego todo lo que soy.
Cuando
saco todo lo bueno y más. Todo para ellos, porque yo no lo necesito.
Porque dar
sienta muchísimo mejor.
Me hace feliz.
Pero
nunca me quedo a disfrutar del resultado. Las pocas veces que no se van ellos,
les empujo yo dentro del vagón. Lejos.
Y me
quedo de nuevo sola en esa estación. Esperando
a que llegue el siguiente viajero.
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